martes, 10 de marzo de 2026

Vadim Strelkov

Nos conocimos en Londres a comienzos del 2002. Aún hacia frío y la ciudad que antes había conocido me invitaba a quedarme durante una temporada más larga. Cuando llegué a Wimbledon, la dirección de la casa parecía salida de un cuento 123, así de simple, así de clara. Justo en frente había un paradero de bus y una luz que no titilaba nunca. Mi habitación quedaba justo enfrente de la suya, pero nuestros horarios no coincidian mucho. El trabaja de noche mientras yo dormía. A veces nos cruzabamos en la cocina que era en realidad el lugar más acogedor de la casa. Recuerdo que fumaba mucho. Su inglés era tan torpe como el mío. Era un hombre con pasado, como todos, pero hablaba muy poco de él, no parecía tener una familia cercana y aunque era extraño para la época ya poseía dos computadores portátiles, también contaba con un gps y como era ruso yo le preguntaba si era espía. 

Yo salía de compras sola y el supermercado quedaba cerca de casa, los bananos siempre se me antojaban y me preguntaba cómo llegaban tan pulcros a Europa cuando éramos nostros quienes los produciamos. Supongo que lo mejor era para exportación y lo demás se quedaba en casa.

Yo adoraba comprar tulipanes y aunque eran costosos más de una vez los llevé para darle vida a la casa. Vadim me observaba con cuidado, algo en mí lo intimidaba, no sabíamos nada el uno del otro, pero compartíamos el mismo espacio. 

Cuando me cansé de visitar museos y me subí varias veces al London Eye, comencé a pasar más tiempo en casa y a sentarme en la mesa a escribir. El por supuesto no comprendía mi vocabulario, pero no por eso sentía menos curiosidad de qué era todo eso que yo quería decir.

Yo tenía un novio esperando por mí y a mi padre muy preocupado por esa relación. Tenía una madre que era incondicional conmigo y con quien me la pasaba horas hablando por teléfono luego de agotar las Unity Card que vendían el barrio Chino para llamadas a larga distancia.

Los ojos azules de Vadim poco a poco se hicieron más cálidos, su humor más espontáneo, su cigarrillo más mesurado y hasta sus baños, más frecuentes. Creo que intentó seducirme con los recursos que tenía a la mano y con su perseverancia y mi cada vez más abrumadora soledad, lo logró.

Producto de ese corto romance, me traje conmigo un hijo. Lleva el apellido de su padre y la sangre rusa también corre por sus venas. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Me ahorca tu risa

Me ahorca tu recuerdo, nuestras horas grises, las azules y aquellas verdes. Me ahorca tu risa, esos ojos que ya no veo. Los espejos suspendi...