Yo salía de compras sola y el supermercado quedaba cerca de casa, los bananos siempre se me antojaban y me preguntaba cómo llegaban tan pulcros a Europa cuando éramos nostros quienes los produciamos. Supongo que lo mejor era para exportación y lo demás se quedaba en casa.
Yo adoraba comprar tulipanes y aunque eran costosos más de una vez los llevé para darle vida a la casa. Vadim me observaba con cuidado, algo en mí lo intimidaba, no sabíamos nada el uno del otro, pero compartíamos el mismo espacio.
Cuando me cansé de visitar museos y me subí varias veces al London Eye, comencé a pasar más tiempo en casa y a sentarme en la mesa a escribir. El por supuesto no comprendía mi vocabulario, pero no por eso sentía menos curiosidad de qué era todo eso que yo quería decir.
Yo tenía un novio esperando por mí y a mi padre muy preocupado por esa relación. Tenía una madre que era incondicional conmigo y con quien me la pasaba horas hablando por teléfono luego de agotar las Unity Card que vendían el barrio Chino para llamadas a larga distancia.
Los ojos azules de Vadim poco a poco se hicieron más cálidos, su humor más espontáneo, su cigarrillo más mesurado y hasta sus baños, más frecuentes. Creo que intentó seducirme con los recursos que tenía a la mano y con su perseverancia y mi cada vez más abrumadora soledad, lo logró.
Producto de ese corto romance, me traje conmigo un hijo. Lleva el apellido de su padre y la sangre rusa también corre por sus venas.

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