martes, 14 de abril de 2026

Me ahorca tu risa

Me ahorca tu recuerdo, nuestras horas grises, las azules y aquellas verdes. Me ahorca tu risa, esos ojos que ya no veo. Los espejos suspendidos en el techo de una cama de motel. 

Sí, suspendes mi tiempo, congelas mis brazos, no puedo moverme, me asfixia tu voz. 

Quisiera tener la voluntad de marcharme del recuerdo, pero allí estoy suspendida entre ese espejo y vos.

Mis pupilas sangran y mis ojos las niegan para no contarle al mundo que duele este silencio donde no sé de ti. 

La amargura me habita tanto que no es suficiente que tus brazos impongan su fuerza para callarme.

¿Qué importa si nuestra piel se quedó dormida? 

También estoy contigo Tus brazos acunan mi cuerpo, sostienen mi respiración. De nada sirve soltarme porque la violencia fue de los dos. 


 

Me pido la palabra


 Necesito hablar. Preguntar por la noche que se vino encima, por el tiempo que no existe más allá del cielo, de las constelaciones donde  mi favorita no es Orión, de las misiones a la Luna como la reciente y de esos saltos de la humanidad hacia el infinito donde la gran nave es la tierra misma. 

Difiero con Sagan que dice que en otras galaxias nunca sabrán que hubo un planeta que se llamaba tierra. Tal vez el sol explote y nuestra existencia perezca, pero algo de todo esto tiene que poseer algún sentido y quedará nuestra frecuencia, sin importar nuestra inminente muerte y autodestrucción.

Hoy morí un poco, un día más de mis cuarenta y ocho y ayer pude bailar cuando creí que había olvidado hacerlo. También canté a puro pulmón e hice amigas en una sala de despecho. Me pregunté por quién era mi despecho y supe que me estaba haciendo duelo a mí misma. A mi sistema neurológico que no responde...

Levanté la mano para preguntar si había vuelto la alegría y aunque regresé a casa temprano, sentí que sí, que aún cantaba en mi interior. 

Quiero hablar, sin necesidad de gritar, quiero contar que tuve un sueño y lo escribí para no olvidarlo. 

No contar que era contigo porque en él había animales mágicos, duendes y unicornios. Soñar con el pasado, la historia... las utopías. Reconocer que me alegro cada vez que veo un coche de bebé en lugar de un perro pasear por los centros comerciales. 

Es obvio que nuestra humanidad hace rato está en  peligro y que no hay otra nave que la salve. El sueño es como mi despecho, como mi pequeña muerte, como la palabra que elijo para pronunciarme. Aún existe vida y sí, yo soy de las que cree que aún hay esperanza. 

lunes, 6 de abril de 2026

Recetas del presente


 Descanso. No cuento amores con los dedos ni menciono decepciones con los labios. Tan solo la grama y yo recibimos el sol de la mañana mientras planeamos la escaleta de la novela en curso. 

Imagino el tiempo que transcurre entre una escena que debe ser como sentarme y ponerme de pie. Ya olvidé cuando lo hice sin temor a perder el equilibrio.

He pensado menos en el pasado y también me he preocupado menos por el futuro. Estoy intentando reconciliarme con el cuerpo que habito, con la mente que porto, con los sentimientos que poseo. 

Los anillos no me caben en los dedos y el reloj ya es pequeño para mi muñeca. Tomo café frío dos o tres veces por día, en leche como un latte improvisado en casa.

La fruta y el agua cada vez me gustan más y debo llevar conmigo galletas de soda por si las moscas. No he aprendido a comer verduras porque nunca sé comprarlas frescas y mientras están en mi nevera y decido preparlas se dañan.

Amo el arroz con salsa de tomate y cada vez tomo menos Coca-Cola. El yogur es indispensable para mis antojos de sonámbula hambrienta de tal suerte que siempre hay uno en la mesita de noche, ojalá de melocotón y con trocitos. 

Cada vez que busco tus ojos estoy en un dulce presente cargado con todos mis antojos. Prefiero no mezclarlos con los míos porque te darías cuenta de mi vulnerabilidad y aún no estoy lista para confesar este amor que me guardo.


Ebria


Quiero encontrar las raíces de mi voz.

Ebria del mundo busco la fórmula para el no-miedo. 

El aire se vuelve espeso. Mi cuerpo es territorio, con él permanecen zurcos de piel, que todavía no se endurecen como piedras. 

Todavía existe la ira de perderte otra vez. 

Ebria y sin temor, abro los ojos bajo la oscuridad con tenues luces violeta donde los rayos me hieren. 

Tiemblo y tambíen ahí está la raíz que me sostiene la que aún me reconoce.

No sé si busco sanar o no perderme en la locura, pero en cada intento mi nombre se disuelve un poco más, y lo que queda es una nota suspendida, una hebra de voz que insiste: en estar aquí, aún sin ti. 

Tomemos otro trago para repasar tu ausencia convencida de que mañana la resaca me recordará que te vi, que te sentí, que por un fragmento estuve contigo en mi inconsciente, que bailamos y hasta compartimos el amanecer. 



Abril

Abril es primavera. Las flores se abren con el rocío. Los pasos se aligeran, las alas también son nuestras.

Vuelan los sueños, tienes cara de un eugenio, siempre me gustan los eugenios porque son almíbar para los colibríes, y de ellos están inundados los cuadros de mi casa. También solían visitarme cuando tenía sembrados unos cuantos y vivía unos pisos más abajo. 

Nunca los he cebado con las casitas rojas donde muchos les ponen azúcar porque he escuchado que les hace mal. 
Hice veinte semblanzas de un fragmento de mi mundo exterior, de amigos que me acompañan y regreso a mí convencida de que fue mi manera de homenajerlos. Muchos quedaron por fuera porque o bien, ya no hacen parte de mi vida, solo del recuerdo, o bien porque no tengo mucho que decir de ellos aunque conserve sus fotografías y muy gratos momentos.

Regreso a mí, en medio de este vuelo de primavera, sorprendida y agradecida contigo lector por acompañar mis pasos. No tengo fotografías tuyas, pero quiero dedicarte esta estación, los pétalos de flores que se abren y la lluvia tenúe que aún cae sobre nuestras ciudades. 



 

sábado, 4 de abril de 2026

Entre alas e hipopotamos

 


Alguna vez alguien dijo que, si tratas de alcanzar una mariposa, es prácticamente imposible; y sin embargo, si te quedas quieto, ella podría posarse sobre ti.

Esta es la historia de ese hipopótamo perezoso que no mostraba sus dientes ni para amenazar a los aburridos visitantes del zoológico. Su bañera medía menos de cinco metros y, como había nacido allí, no escuchaba hablar de aquellos otros que se habían tomado el Magdalena Medio, traídos por una excentricidad a Nápoles, propiedad del antiguo narcotraficante Pablo Escobar.

Las guacamayas no traían noticias, ni los loros sabían hablar. Un jaguar se aburría tanto como él, aunque estuvieran separados por jaulas de distancia. Un par de avestruces y muchos cervatillos competían por ver quién era el más rápido o quién captaba más atención. Y los osos —sí, los osos— se aburrían aún más que el hipopótamo: hacía demasiado calor sobre el asfalto y ni la sombra lograba refrescarlos.

El mariposario era el único lugar al que se podía entrar y salir: ver las crisálidas, las malaquitas, las amarillas y aquellas con tonos rosa. Lo importante era no dejar escapar ninguna, cerrando la malla correctamente tras de sí.

Esa tarde, Lorena fue con sus compañeras de colegio a visitar el Centro de Conservación. Siguieron atentas a su profesora, que les explicaba las especies y su procedencia. Lorena se compadeció de nuestro amigo hipopótamo y quiso, al menos, tener algo que regalarle.

Cuando llegó al mariposario, no siguió la indicación de su maestra. En cambio, sostuvo una pequeña mariposa entre sus manos.

No estaba segura de lo que hacía, ni de si la mariposa comprendería dónde debía posarse… hasta que lo vio allí. Y al soltarla, ella supo que su piel húmeda era el lugar perfecto para refrescarse.

martes, 31 de marzo de 2026

Pulmones en el aire


 Me abrazo a ti. No puedo ver tus raíces ni tu sábila como apenas si puedo ver mis venas. Las de los brazos sobre todo, aquellas donde me canalizan para tomar muestras. Para no ver cuando la aguja entra en mí, pienso en ti. Me aferro a tu naturaleza, a la última vez que nos vimos, tú incolume frente a mí. 

Tu olor es tan particular tiene una mezcla de tierra, fuerza y humedad. A veces permites que fragmentos de tu corteza se desprendan de ti. Los tomo para usarlos de separador de libros y a veces hasta los forro para que no se pierdan ni se borren. Lo mismo me ocurre con las plumas que encuentro cuando camino desprevenida y pienso que un ángel las dejó por error para que yo la encontrara y las tomara como señal. 

Abrazarse a un árbol es un ejercicio maravilloso, nos permite reecontrarnos con apenas lo visible de un universo subterráneao.  No sabemos cuánto tardaron en crecer ni cuántos inviernos sorportaron. Tampoco que tan a gusto están con el sol que reciben porque como no pueden moverse, no pueden quejarse. Son naturaleza en su máxima expresión y es una lástima que no los reconozcamos como lo que merecen: nuestros pulmones en el aire. 
  


Me ahorca tu risa

Me ahorca tu recuerdo, nuestras horas grises, las azules y aquellas verdes. Me ahorca tu risa, esos ojos que ya no veo. Los espejos suspendi...