Me abrazo a ti. No puedo ver tus raíces ni tu sábila como apenas si puedo ver mis venas. Las de los brazos sobre todo, aquellas donde me canalizan para tomar muestras. Para no ver cuando la aguja entra en mí, pienso en ti. Me aferro a tu naturaleza, a la última vez que nos vimos, tú incolume frente a mí.
Tu olor es tan particular tiene una mezcla de tierra, fuerza y humedad. A veces permites que fragmentos de tu corteza se desprendan de ti. Los tomo para usarlos de separador de libros y a veces hasta los forro para que no se pierdan ni se borren. Lo mismo me ocurre con las plumas que encuentro cuando camino desprevenida y pienso que un ángel las dejó por error para que yo la encontrara y las tomara como señal.
Abrazarse a un árbol es un ejercicio maravilloso, nos permite reecontrarnos con apenas lo visible de un universo subterráneao. No sabemos cuánto tardaron en crecer ni cuántos inviernos sorportaron. Tampoco que tan a gusto están con el sol que reciben porque como no pueden moverse, no pueden quejarse. Son naturaleza en su máxima expresión y es una lástima que no los reconozcamos como lo que merecen: nuestros pulmones en el aire.

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