Alguna vez alguien dijo que, si tratas de alcanzar una mariposa, es prácticamente imposible; y sin embargo, si te quedas quieto, ella podría posarse sobre ti.
Esta es la historia de ese hipopótamo perezoso que no mostraba sus dientes ni para amenazar a los aburridos visitantes del zoológico. Su bañera medía menos de cinco metros y, como había nacido allí, no escuchaba hablar de aquellos otros que se habían tomado el Magdalena Medio, traídos por una excentricidad a Nápoles, propiedad del antiguo narcotraficante Pablo Escobar.
Las guacamayas no traían noticias, ni los loros sabían hablar. Un jaguar se aburría tanto como él, aunque estuvieran separados por jaulas de distancia. Un par de avestruces y muchos cervatillos competían por ver quién era el más rápido o quién captaba más atención. Y los osos —sí, los osos— se aburrían aún más que el hipopótamo: hacía demasiado calor sobre el asfalto y ni la sombra lograba refrescarlos.
El mariposario era el único lugar al que se podía entrar y salir: ver las crisálidas, las malaquitas, las amarillas y aquellas con tonos rosa. Lo importante era no dejar escapar ninguna, cerrando la malla correctamente tras de sí.
Esa tarde, Lorena fue con sus compañeras de colegio a visitar el Centro de Conservación. Siguieron atentas a su profesora, que les explicaba las especies y su procedencia. Lorena se compadeció de nuestro amigo hipopótamo y quiso, al menos, tener algo que regalarle.
Cuando llegó al mariposario, no siguió la indicación de su maestra. En cambio, sostuvo una pequeña mariposa entre sus manos.
No estaba segura de lo que hacía, ni de si la mariposa comprendería dónde debía posarse… hasta que lo vio allí. Y al soltarla, ella supo que su piel húmeda era el lugar perfecto para refrescarse.