Descanso. No cuento amores con los dedos ni menciono decepciones con los labios. Tan solo la grama y yo recibimos el sol de la mañana mientras planeamos la escaleta de la novela en curso.
Imagino el tiempo que transcurre entre una escena que debe ser como sentarme y ponerme de pie. Ya olvidé cuando lo hice sin temor a perder el equilibrio.
He pensado menos en el pasado y también me he preocupado menos por el futuro. Estoy intentando reconciliarme con el cuerpo que habito, con la mente que porto, con los sentimientos que poseo.
Los anillos no me caben en los dedos y el reloj ya es pequeño para mi muñeca. Tomo café frío dos o tres veces por día, en leche como un latte improvisado en casa.
La fruta y el agua cada vez me gustan más y debo llevar conmigo galletas de soda por si las moscas. No he aprendido a comer verduras porque nunca sé comprarlas frescas y mientras están en mi nevera y decido preparlas se dañan.
Amo el arroz con salsa de tomate y cada vez tomo menos Coca-Cola. El yogur es indispensable para mis antojos de sonámbula hambrienta de tal suerte que siempre hay uno en la mesita de noche, ojalá de melocotón y con trocitos.
Cada vez que busco tus ojos estoy en un dulce presente cargado con todos mis antojos. Prefiero no mezclarlos con los míos porque te darías cuenta de mi vulnerabilidad y aún no estoy lista para confesar este amor que me guardo.

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