Prólogo
No escribo
bajo el fuego, sin embargo, también fui niña víctima de la violencia. Sé que la
indiferencia es el arma más letal y que como adultos lo somos frente a lo que
viene ocurriendo en Gaza. La población Palestina cada vez es menor y los niños
siguen sufriendo. No hay adjetivos suficientes para describir el horror ni
verbos que se conjuguen para allanar el dolor de fronteras que se baten bajo
una guerra que comenzó hace siglos y que apenas hace décadas se hace más
tangible.
No soy
historiadora, no estoy tras los muros ni sobre mí que sobrevuelan drones
cargados de espanto. Pero, desde la distancia procuro alzar mi voz, aunque sea
tenue a favor de los niños de Palestina. Ahora más que nunca el mundo debería
estar unido en contra del genocidio y ahora más que nunca Israel debería
prescindir de sus aliados. Pareciera que un paso atrás fuera un paso en falso y
que el único camino a seguir fuera la guerra. Nada empequeñece más al ser
humano que odiar al otro por pensar, creer o ser diferente.
Estos
microrrelatos poseen el nombre de niños tanto Palestinos como Musulmanes y
Católicos. Todos atrapados en lo que sus padres no pueden explicar y que
detonan el sufrimiento día tras día.
Confieso
que me ha costado mucho escribir esta página. Primero por mi propia ignorancia
frente a la historia de ambos pueblos. Segundo por lo desgarradoras que han
sido las pocas imágenes a las que he tenido acceso durante mi investigación y
tercero porque no sé si me acercaré siquiera a la voz de alguien que reconozca
en mis letras una realidad. Los nombres salieron de esa búsqueda por hallar las
raíces de la infancia inmersa bajo un cielo de fuego. Los diálogos, frecuencias
de incomprensión y dolor. Las acciones, medidas de los adultos sobrevivientes
que intentan rescatar a los niños que aún por azar o destino aún siguen con
vida.
Donar no es
suficiente. Gritar tampoco lo es. Escribir es una manera de resistir y de dejar
en claro que no se acolita en ninguna circunstancia este genocidio. Tal vez
esta generación y las venideras, encuentren insuficientes mis palabras. Y lo
son.
Asha
–Despierta.
–¿Cuándo regresaremos a casa abuela?
–Aún no lo sé mi amor, primero debemos buscar a tus
padres.
El frío parece haberse tomado la ciudad como las
balas. Hay sangre en las paredes y lloran los postes por la luz que ya no
pueden dar. Todo está oscuro. La penumbra asciende. Los sollozos agrupan a
familias que tienen en común el ser desalojadas y víctimas de una guerra que
comenzó hace décadas y se perpetúa.
A veces alguien canta y toma una pandereta para avivar
los corazones de quienes aún se mantienen con vida. A veces un Derbake o un
Kamanche se unen bajo el silencio de las carpas y los niños se aglutinan para
compartir con los actores eso que llaman alegría.
Asha se quedó dormida luego del último bombardeo justo
antes de darse cuenta de lo que ocurría. Su abuela tuvo tiempo de ponerla a
salvo y ahora debe despertarla porque las alarmas están encendidas y el peligro
aún no cesa.
Su abuela no sabe si su hijo aún está vivo, pero es
muy pronto para arrebatarle la esperanza a su única nieta. Prefiere continuar
mintiéndole con un reencuentro que nunca se dará a romper su infancia con un
recuerdo atroz.
Los cantos mitigan el dolor de los sobrevivientes. Los
huérfanos lloran en brazos de madres sustitutas. La ayuda humanitaria no llega
y el hambre acecha. Pronto las provisiones se agotarán y no habrá a quién pedir
ayuda.
Los aliados cada vez son menos y el mundo es sordo y
ciego frente a Gaza.
Omar
–Vamos. Debemos buscar un refugio seguro.
–Hemos caminado toda la noche mamá, estoy cansado.
–Lo sé hijo, tan solo un poco más, resiste, sé que lo
lograrás.
Once años es muy pronto para entender la guerra, solo
se es testigo de la violencia, de las calles acordonadas, de los muros
ensangrentados, de la escasez de agua, de la última vez que se fue a la
escuela.
Once años es muy pronto para comprender que el credo
importa y que hay adultos que están dispuestos a matar por las diferencias.
Omar es muy niño para saber que su padre hará lo que
sea para defenderlo y que su madre estará a su lado.
Días después, Omar acude a la escuela que han
improvisado en el campamento. Maestros voluntarios imparten clases como si no
existiera conflicto.
–Es esto un refugio –pregunta por fin.
La maestra sonríe y le dice: algo así.
Yusuf
–Alerta. Te dije que te escondieras bien.
–¿Qué pasa mamá?
–Estamos acorralados, prométeme que cuidarás bien a tu
hermana.
–¿Y tú adónde vas?
–A ganar un poco de tiempo. ¡Corran y no miren atrás!
–¿Correr hacia dónde Yusuf?
–Hacia al frente con Amira, lejos del fuego.
–¿Y volveremos a ver a mamá?
–Eso espero. Tengamos fe. Crucemos por este callejón,
toma mi mano.
Jamila
Un estruendo destruyó su casa. Debajo de los escombros
sabía que aún respiraba. Su mano se asomó buscando ayuda y un adulto corrió
hacía ella.
–Esto está muy pesado. Rápido, rápido, necesitamos a
varios.
–No siento la pierna.
Los adultos temen lo peor. Llevan las sábanas para que
el trauma sea menor.
Jamila llora desconsolada sin comprender lo que
ocurre. La explosión se llevó sus juegos, sus tardes corriendo con sus
compañeros, sus visitas al parque para jugar a las escondidas y su versatilidad
para escoger siempre el mejor lugar.
–¿A qué apuestan? –se pregunta.
Fátima
–No encuentro a mis padres. Alguien puede decirme
dónde están.
De su casa solo quedan escombros. ¿A quién preguntar?
Una mujer se acerca y le pregunta ¿Estás sola?
Ella asiente con temor.
Dame la mano, te llevaré con los demás niños.
–¿Ya cenaste?
Fátima olvidó la última vez que probó un bocado.
Disiente con la cabeza.
–Vamos a ver qué logro conseguir para ti. Por lo
pronto toma esta manta, estás helada.
–¿Y papá y mamá? Fátima insiste.
–No sé dónde están. Ven conmigo te pondré a salvo.
Hassan
Su mirada refleja el terror de noches entre el fuego y
las esquirlas de las ventanas. Nada de lo que creyó conocer está en su lugar
acostumbrado. El supermercado, la mezquita, los semáforos y las vías, el parque
de juegos o su escuela. Observa intentado comprender lo que ocurre a su
alrededor y solo el sonido de helicópteros, drones y aviones es perceptible.
Camina confundido con los oídos zumbando y trata de
comprender lo que los adultos se niegan a explicar. La guerra siempre es
inexplicable, abominable, refutable. Otros niños aparecen cuando lo ven pasar y
le preguntan qué es lo que pasa. La guerra, niños… La guerra nos ha arrebatado
nuestra infancia. Ahora somos nosotros las armas del futuro.
Zahra
–Mamá, otra vez la misma comida después de una fila
interminable.
--Debemos tener paciencia. Sé que es difícil, pero
resiste.
–Agradece que aún haya algo que comer Zahra. Pronto
dejaré de lactar y no sé con qué voy a alimentar a tu hermano.
Benjamín
–Papá, ¿recuerdas que te dije que quería ser piloto
como tú?
–Sí, ¿qué hay con eso?
–He visto las noticias, ya no quiero.
–Mamá, ¿qué es un genocidio?
–¿Dónde escuchaste la palabra?
–Es lo que dicen los adultos.
–El genocidio es lo que nos viene ocurriendo a los
palestinos. Los israelitas nos quieren fuera de esta tierra.
–¿Y por qué? ¿A dónde iríamos?
–Se sienten dueños de Gaza, nosotros no tenemos adonde
más ir.
–¿Y si vamos hacia el mar?
La madre acaricia la frente y el cabello de su hija y
le responde: no es una mala idea, siempre quisiste conocer el mar.
Samir
–¿Dónde están todos? ¿Alguien me escucha?
El eco resuena. Samir está solo. El edificio se vino
abajo mientras él dormía junto a su madre.
–Mamá, no te escondas. No es hora de jugar. Tengo
miedo.
–Aquí estás pequeño –le dice un socorrista. Ven
conmigo, te pondré a salvo.
–¿Y mamá? ¿Y papá?
–Lo siento hijo. Se han ido.
Khalida
–Somos tantos huérfanos,
¿adónde iremos?
A sus doce años es más consciente de lo que ocurre.
–No hay familias para tantos ni albergues que nos
acojan.
Tendremos que ser padres los unos de los otros. Dios nos bendiga a todos.
Yassir
–Las oraciones no están dando fruto mamá. Alá no nos
escucha.
–Si nos escucha amor. Es cuestión de tener paciencia.
–¿Acaso no ves a tu alrededor, solo muerte y dolor se
palpan? Alá está sordo mamá.
–No digas esas cosas Yassir, mira que de pronto te
escucha y se enoja.
–¿Acaso no están enojados con nosotros nuestros
vecinos? ¿Qué hicimos para merecer esto?
–Ser palestinos mi amor, ser palestinos.
Zainab
–Llueve papá. ¿Será que los
incendios se apagan?
–Dios te oiga hijo mío.
–¿Por qué llueve fuego papá?
–Alguien está molesto.
–¿Y se pondrá contento pronto?
–Es difícil predecir. Llevamos décadas o siglos de
conflicto. El cielo está rojo y me encantaría de que volviera a ser azul para
ti.
--¿Para qué resistir?
No sería mejor rendirse.
--Hemos luchado tanto que esa palabra no está en
nuestro vocabulario.
Layla
–Quédate quieta Layla, es tan solo una picadura de
abeja.
–¿Para qué la necesito?
–Debemos disminuir la fiebre.
–¿Por qué tengo fiebre?
-La herida en tu brazo se infectó.
(No le diga que el medicamento es placebo. Ya se nos
agotaron los antibióticos. Lamento decirle que, si la fiebre no disminuye,
Layla no pasará la noche)
Abdel
Su llanto no se escucha en ninguna calle. Está solo y
lo sabe. Perdió de vista a sus padres durante el último bombardeo bajo los
drones cuando la ciudad escupió fuego y las esquirlas de las ventanas
reventaron sus oídos. Tiene hambre. No tiene sueño. Pronto ve que de edificios
aledaños salen más niños aturdidos. No tiene cómo comunicarse. Tampoco sabe
orientarse.
–Duele –dice, pero no puede escuchar ni su propia voz.
Bilal llora en los brazos de su madre. Ella lo mece
con desesperación. Su padre salió en busca de la leche terapéutica que
suministra la UNICEF, pero la fila es tan larga que no sabe si alcanzará a
recibir la necesaria. Bilal continúa llorando y su madre no sabe qué hacer para
mitigar su hambre. En ese momento la asiste una madre que perdió a su bebé y
aún está lactando, lo pone en su pecho y la madre descubre que aún en la guerra
lo que queda de humanidad es solidaria.
Farid y Yafit
–¿Dónde está tu hermana Farid? Te dije que no te
despegaras de ella.
–Yafit no me hizo caso. Corrió hacia la abuela.
–¿La abuela está viva?
–Sí. Herida, pero viva.
–Llévame con ellas. Asegúrate de que nadie nos siga.
Sara
–Mamá,¿de dónde vienen las guerras y los conflictos?—Le
pregunta una niña católica a su madre.
–Vienen de las pasiones que combaten en nosotros.
–responde sin titubear. Si domináramos esas pasiones seríamos más conscientes
del daño que le producimos a otros y perdonaríamos de corazón a nuestros
enemigos.
--¿Por qué existen los enemigos?
--Porque tienen un diferente credo o forma de pensar o
simplemente una forma de creerse dueños de lo que no les pertenece. La ambición
hija es un mal muy terrible.
Ibrahim
–Mira hijo, ese territorio será nuestro—le dice un
padre a su hijo israelí Ibrahim mientras observan a través de unos binoculares
de largo alcance.
--Acaso no es suficiente con el que ya tenemos--
replica el niño.
El odio no tiene cura. Entre más lastima más odio se
alimenta.
Ali
No estoy segura del nombre del niño , pero sé que abrazaba
la tumba de su madre porque era el único lugar donde se sentía seguro. El video
pudo verse desgarradoramente para quienes en la distancia observábamos en
silencio sin poder hacer nada diferente mientras Ali decía :
Daría lo que fuera por ver su rostro cinco minutos
más.”
Noor
–Mamá no me iré sin mis thobes
–Hija tienes que dejarlos, no hay tiempo.
–Me quedo con ellos.
Ahmad
–¿Ayuno Ahmad?
–Ayuno papá.
–Pero si escasamente has comido en días.
–Hay quienes han comido menos, ayuno papá.
Karim
Es hora de la oración.
–¿Qué vas a pedir hoy?
–Que haya más médicos papá, gracias a una se salvó
mamá.
Kubra
–¿A dónde están todos? ¿Qué pasó con mi casa? ¿Por qué
hasta ahora despierto?
Alguien silba.
Debo gritar que estoy viva: ¡Que alguien venga por
favor!
¿Cuándo llego el infierno? ¿Existirá acaso el cielo?
¿Tendré la oportunidad de verlo? ¿Qué le diré a mis hijos cuándo crezca, si es que
crezco?
Haidar
–Perdí la noción del tiempo.
Los días son iguales bajo las carpas. Los adultos no
lloran porque son más fuertes. Los niños no lloramos porque los imitamos. Las
oraciones continúan a pesar de los bombardeos. Pueden quitarnos todo menos
nuestra fe.

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