Moni duerme con treinta y dos en su cuarto, los más pequeños, mientras los grandes se quedan afuera. Hay uno que sabe abrir la puerta en la mañana y los demás lo siguen entusiasmados.
Fui a Canelot, así se llama el refugio y me enamoré de Romerito, un adorable chihuaha que tenía la costumbre de cavar y cavar en un sitio que tenía una chancla enterrada, quizás de un antiguo dueño o parte de una guaca que no supimos leer.
Monika, co K, dice Guacias a todo. Adora la Coca-Cola normal y tiene hasta una nevera pequeña en su carro para que no le falte. Vive en el campo y desde allí, las estrellas la miran mientras ella se prepara cada noche para saber a cuál de sus sabuesos tendrá que ayudar a cruzar el arcoiris porque lo ve sufriendo irreparablemente.
Admiro su labor y su ternura, varias veces la he visto llorar por sensibilidad o por recuerdos muy tristes de su pasado, uno de sus amores fue Pica, a quien también tuvo que ayudarle a pasar por el tránsito y su ausencia la marcó por varias semanas.
También tiene un cerdo que se llama Houdini porque se cayó (se escapó) de un camión que los transportó para el matadero y ella lo rescató y hoy pesa como trecientos o cuatrocientos kilos.
Cualquiera diría que Moni sufre del síndrome de Noé, pero yo creo que su corazón es tan grande que muchos peludos caben en él.

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