Cuando no pude leer y los podcast no fueron aptos para mí, recordé que hay escritos en las paredes esperando a ser descubiertos. En el portarretratos con la imagen de papá leo las emociones de aquel día en la playa. Junto a mamá, nos siento abrir mi última publicación sentada en su mecedora verde.
Los estantes de mi biblioteca gritan por mis dedos: segundas lecturas y primeras que apenas iban en curso. Cuando enciendo el incienso pienso en mi amigo Reza, que me deja escoger dos y hasta tres en su Almacén Arte del Medio Oriente. Mi amiga escritora suele llamarme y sonrió ante tal deferencia.
Hace poco un amigo también me llamó poeta y eso se sintió muy elevadado para mis inspiraciones como artista cuando lo único que realmente he hecho es poner en palabras mis experiencias, amores, pasiones y quebrantos.
Vivir literatura es asombrarse con cada atardecer naranja, con las burbujas que genera la lluvia cuando replica contra el asfalto, escuchar los periquitos y descubrir que una vecina los tiene cebados cuando en los apartamentos está prohibido. También es echarse una buena crema de manos, regalo de una tia que compró pensando en ti.
Vivirla es llegar a la noche sin efrentarla tanto. Con sosiego, con dignidad, sin quejarse por la cantitad de pastillitas sobre la mesa de noche y la lámpara encendida por un reciente miedo nocturo a caer durante el sueño. Es reconocer que aunque mis textos sea cortos, no por eso son pequeños.

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