Aún no es claro mi panorama, pero sé que necesito fisiterapia, fisiatria e incluso la compañía temporal de una enfermera.
Después de dos meses en la clínica tuve que aprender la humildad de necesitar y pedir ayuda. Dejar mi pudor para ser bañanda por enfermeros o amigos. Verme obligada a usar pañales. Mirar por la misma ventana todos los días y pedir la lucecita del baño con puerta abierta por si algo ocurría.
Aprender a que no podía pararme ni sentarme sola, hacer ejercicios de respiración, tomar pastilla adicional para la ansiedad y no temerle al resonador a pesar de los ruidos tan particulares que hace y de esa mascarilla que parece sacada de una película de terror para personas claustróficas.
Conté mucho con Dios, con Ana, con Stepha, con mis hermanas, con mis cuidadoras, con Diana y sus hijas, con cadenas de oración, con profesionales cálidos que me explicaron una y otra vez en que fase del proceso íbamos y que estábamos descartando.
Toda mi gratidud en especial con Ana Gómez, los doctores Esteban Arango y Miguel Restrepo de la Clínica Las Américas y particularmente al doctor Santiago Aristizabal y todo el equipo del HPTU.

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