Los eugenios amanecieron contentos de verme llegar luego de dos semanas de incertidumbre. Mi perro no pudo reconocerme hasta tanto mi aroma impregnó su nariz. La casa estaba casi igual a como la había dejado a excepción de unos cojines adicionales que mi hijo decidió poner sobre el mueble de la sala que estaba manchado por mis incursiones nocturnas a tomar yogur sin encender las luces.
La penca ya había perdido su flor y no había frutas sobre el comedor. Los bananos se olvidaron en esa última lista de mercado que no alcancé a hacer.
La nevera estaba llena de otras cosas que si me gusta comer como el chococono y los melocotones.
La virgen seguía al lado derecho de mi cama y aunque no practico el Rosario parecía pedirme que por una vez lo terminara.
Los paquetes de Moni, se aglutinaban en mi habitación que había servido de correo postal para ella mientras viajaba. El calendario a mediados de enero parecía increíble para mi reciente percepción del tiempo.
La saturación de oxígeno, el timbre, el ducharme acompañada, un pañal, una bolsa para las naúseas, el timbre, Isabel, la enfermera... Ya nada de eso estaba. Solo yo y mi miedo de mí.

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