Durante mucho tiempo creí que el arte era un refugio cerrado,
un lugar donde solo cabía mi voz, mi respiración, mi silencio.
Pero ahora entiendo que crear también es abrir las ventanas,
dejar que alguien más escuche cómo suena el viento por dentro.
La soledad fue mi escuela: me enseñó a escucharme, a pintar con el pulso del tiempo, a escribir desde la raíz del aire hasta que un día la palabra encontró eco y el eco se volvió compañía.
Ya no estoy sola creando: hay presencias que no se ven, miradas que acompañan sin interrumpir y hasta una música suave junto a mi sensibilidad compartida.
El arte sigue siendo mi refugio, en un dibujo, un selfie, un collage, o una imagen intervenida con un carboncillo que me ofrece una antigua pero conocida aplicación porque aunque aún no aprendo a usar Canva como todavía no se usar Sora. Ahora mis paredes respiran con otros. Y ese respiro compartido es, tal vez, la forma más hermosa de estar viva.
Y mientras escribo acompañada, pienso en los abrazos que aún faltan en el mundo.

Y no estás creando sola, porque en silencio algunos te seguimos leyendo, acompañándote, para hacernos también compañía, siendo contigo, para encontrarnos.
ResponderEliminar