viernes, 7 de noviembre de 2025

La vejez se anticipó


Tai Chi, respiración y movimiento se conjugan bajo el cielorraso; no hay más naturaleza que mis paredes pintadas de blanco y amarillo. Los libros se sostienen sobre unas repisas que mandé hacer para ellos, y un miami que no he comprado me hace guiños de desde un vivero, mientras un bello jarrón rosado que me trajo mi padre de las Cataratas del Niágara espera ser ser desplazado. 

Soy un ser frágil. No lo digo porque busque compasión. 

Hace menos de dos horas me caí tontamente. No puedo con el peso de mi propio cuerpo, lo dijo el ortopedista, lo estoy trabajando con Laura, la fisioterpeuta. Todo depende de cómo quiera llegar a la vejez. Aunque la vejez se me antipicipó.

No tengo manos surcadas por los años ni el trajin de un oficio en casa. A veces logro pintar y la paleta es tan dulce como compleja. Atrás quedaron los mandalas que coloreaba para un amigo y no tomo sus figuras desde entonces. Ya no predigo el futuro como sibila, pero puedo hacerlo como Claudia... me basta con mirar a una  persona para saber... aquello que necesita conocer. 

Ya no pregunto "¿por qué vienes?" sino "¿para qué estás aquí?". 

No tengo un consultorio, ni recibo visitas en mi casa. Parezco una ermitaña con bastón en una mano y un farol en otra. La curvatura de mi espalda también es el producto de la escoliosis que me dio de niña. Al parecer le gusto mucho a las enfermedades, soy dulce para los mosquitos, vienen lagartijas a mi casa.

Sueño tanto y tan frecuente que puedo hacerlo dos o tres veces por noche. A veces veo a Papá, otras a Mamá, pero por alguna razón, no los veo juntos. No sé si porque no partieron al tiempo. Quizá la vejez no se me anticipó… tal vez fui yo quien llegó antes a ella.


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