Un puchero. Una mirada triste. Los brazos cruzados quizás en señal de negación. Te fuiste amor, después de todo te fuiste. Diría que no te extraño, mentiría. Tu voz arrullaba mis horas. Tus poemas eran rocío para los míos. Tus brazos eran mi refugio más seguro, tu aliento el lugar favorito para mis besos. Te fuiste amor y una parte mía se fue contigo. Ya me protejo de otros ojos u otros labios porque temo que me hieran como tú lo hiciste. Teniamos el afán de quinceañeros después de décadas donde la madurez debió ser nuestra aliada y no nos dimos cuenta cuándo se tornó en nuestra enemiga. Amar entre tantos años de ventaja tiene sus consecuencias después de todo. En algún punto dejé de ser tu lolita para convertirme en una señora agria más, a quien su compañero le estorbaba porque no toleraba su vejez.
Cuando la diferencia es mucha, ocurre el efecto Picasso que extraía hasta la sustancia de las pieles más ingenuas para abandorlas después.
Nos abandonamos por temores opuestos pero nos abandonamos después de casi hacer votos de jamás hacerlo. Recuerdo tu risa, los anturios que te regalé para el primer cumpleaños que compartimos juntos; recuerdo tu camisa cereza y el estudio de grabación. Tu música clásica y tu amor por el cine con tu memoria trayendo a colación cada director.
Mentiría si digo que no te extraño, pero también tengo que ser fiel a mi misma y a la cruzada que eligo de vivir sin ti. Por eso se justifica el puchero, por eso están cruzados mis brazos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario