No sé por qué se me ocurrió tan tarde intervenir los retratos de las personas que amo. Quizás ahora es el momento preciso para compartir más allá de mis propias emociones y demostrar que así como tengo una amplia y rigurosa vida interior, cuento con una bella y valiosa vida exterior. Stepha y yo somos amigas desde el colegio. La admiré por todo, no solo era buena estudiante, era muy buena deportista y una prudente y excelente amiga. Su casa quedaba al lado del colegio así que se iba caminando. Su cabellera rubia, larga y crespa sobresalía sobre las demás, igual que sus ojos claros y profundos.
Creo que conoce todos los pormenores de mi vida, ha estado conmigo en las buenas, en las malas y en las peores e independientemente de lo complejas que hayan mis decisiones o mi proceder, nunca he recibido un reproche suyo.
Tiene una familia expléndida y Europa la recibirá de brazos abiertos cuando sea el momento oportuno para hacerlo. Sus hijos son muy independientes y aunque le ha costado asimilar los procesos de cada uno, ha sido una madre que ha aprendido a desapegarse poco a poco.
El camino de Santiago es una aventura que su esposo asume cada vez que puede, le encanta caminar tanto que no le importa si está lloviendo, si es por loma o en la simple transversal.
Stepha tiene convicciones políticas claras con las que me ha sorprendido más de una vez y aunque la regiliosidad no haga parte de su vida, sus acciones hablan por ella. Siempre estaré agradecida de esta amistad magnífica que me regaló la vida.
Me ha visto enferma y no se acobarda, me ha visto alegre y esa alegría la entusiasma. Le da propósito a la existencia con solo ser mi amiga. Me siento muy afortunada de saber que ella está a mi lado.

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