Ítaca sin él es una isla desierta, los atardeceres no acarician y las madrugadas envuelven los pies en una niebla blanca. El corazón de Penélope es fiel a su esperanza, está vivo porque de lo contrario ella lo sabría, lo habría sentido en el cuerpo, su ausencia detendría sus agujas y ya no habría razón para engañar a nadie.
Él vive, ella lo sabe, por eso cada puntada es una sonrisa del tiempo que transcurre con la certeza de su regreso. No importa cuántas mareas enfrente su navío, ella estará con él enfrentando sirenas.
Su belleza no se marchita, por el contrario, florece con los años, sus manos no envejecen, dibujan flores en crochet.
Su túnica es azul y su cabello largo, sus doncellas también lo trenzan para dejar claro quién es la señora de la casa.

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