Es el corazón de Mente Plena. La médica que me ha acompañado durante los últimos tres años. Tiene una capacidad para escuchar innata y aunque debe escribir reportes mientras le relato mi semana ella presta atención a cada palabra.
A veces me dice "tapo" y debemos rebobinar la última idea, expresión o sensación confesada. Porque sí, asistir a consulta es confesarse sin juicios ni penitencias.
Cuento con línea directa con ella y puedo llamarla incluso los fines de semana. Durante vacaciones he tenido emergencias y no ha dejado de estar pendiente así como de remitirme a otros especialistas cuando algo no le gusta como en enero.
Siempre me dice, "Clau de esta vamos a salir, tú has podido con cosas mucho más difíciles" y su voto de confianza es en realidad para mí, lo más cercano al de un amigo con el que no necesitas estar a la defensiva ni temor a mostrarte vulnerable.
Desde hace un tiempo se ha convertido en vegetariana y un día me dió a probar uno de sus manjares. "Sabe a verde" --le respondí. Y nos reímos un rato en el consultorio.
Le gustan mis libros. Me alienta a seguir escribiendo. Su madre es artista y Sara su hermana es una bella activista de causa pro Palestina. Todas me motivaron a escribir Infancia bajo un cielo de fuego y aunque no lo he publicado aún fue una manera de acercarnos entre nosotras en el lado más humano de la solidaridad con los niños que sufren las inclemencias de la guerra.
Creo que el jueves es mi día favorito de la semana porque tengo consulta y jamás he faltado a una. Hasta cafecito puedo tomar mientras conversamos.
La fotografía fue durante la celebración de los 15 años de Ciento Uno, mi novela sobre la depresión en la enfermedad bipolar y aunque pacientes con mi diagnóstico no son los más usuales en su consulta conmigo ha estudiado muchísimo del tema.
Confieso que he querido rendirme más de una vez, tirar la toalla, no seguir luchando, pero ella, literalmente, no me deja. Un aplauso por enseñarme el sentido de la existencia.

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