Mi clima interior no siempre coincide con el exterior. Camino y siento que me ladeo, como si mi eje dependiera de una luna invisible. A veces me caigo. A veces me levanto arrastrando el cuerpo hasta un punto firme, buscando una mesa, un borde, un nombre que me sostenga. A veces estás tú, entre todos los nombres, susurrando el mío al despertar, recordándome que aún me amas desde una dimensión que apenas comprendo. Ya no estás aquí, pero sigues conmigo.
Mi clima interior se parece a esta tarde brumosa, cargada de una lluvia que aún no se pronuncia, pero se anuncia.
No pierde la esperanza, a pesar de estar rodeada de tantos muertos queridos. Cuántos silencios, cuántas navidades sin árboles. Ya no hacen falta los regalos. No hay tarjetas; mudas las palabras. Tampoco hay pesebre: el último San José fue a la guillotina mientras lo sacudía. Solo quedaron la Virgen y el Niño, porque los demás miembros también se fueron perdiendo entre trasteos.
El clima es mucho más que una temperatura o un estado del tiempo. Es más que lluvia o un sol anémico —como diría un amigo—. El clima también tiene que ver con la ternura y el cariño, con el abrazo del aire, con la complicidad del viento.

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