miércoles, 12 de noviembre de 2025

Pintar con palabras

A veces no necesito el color; basta el silencio.
En él se deslizan las formas invisibles de lo que quiero decir y no sé cómo. Pinto con palabras porque mis manos no siempre alcanzan la textura de lo que siento.

El verbo es mi pigmento. Mezclo la calma de los días iguales con el ocre del cansancio y el terracota de mis sueños, con el azul pálido evoco tu recuerdo. Pinto el aire, la tiera, el fuego y el agua: el temblor leve del cuerpo cuando el alma se asoma demasiado cerca de la piel.

A veces las frases nacen torcidas, como trazos que se resisten a la forma. Entonces las dejo ir, que se sequen en su propio desorden. El arte, como la vida, también necesita grietas por donde entre la luz.

Pinto con palabras lo que no puedo tocar: la ternura de un gesto que ya no ocurre, el eco de una risa que se fue quedando atrás, el calor de Cosmo dormido junto a mis pies mientras afuera todo calla. Pinto la lentitud del tiempo cuando la casa se estira como una página aún en blanco.

Mis amigas hablan de sus hijos, de los días veloces que se les escapan entre las manos; yo las escucho con cariño, pero habito otra frecuencia. No hay prisa en mis horas: solo la espera del instante que quiere hacerse palabra.

Escribir es una forma de pintar desde dentro, de darle color al pensamiento antes de que desaparezca. Cada texto es una ventana que abro para mirar hacia adentro del cielo. Y cuando termino, me quedo quieta, mirando lo escrito como quien contempla una acuarela que aún no se seca.

Pintar con palabras es mi modo de estar en el mundo: una manera de acompañarme, de respirar con los ojos cerrados, de decir sin decir.

 

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