Sé que muchos van a estar de acuerdo en que la quincena no rinde para nada. Tan pronto el dinero entra, tan pronto se va: en cuentas por pagar, en el mercado, en los servicios públicos, en la administración o el arriendo, el internet, el transporte y el predial. Da susto recibirla cuando se recibe y más susto da cuando no se cuenta para sufragar los gastos de un hogar. Pantallas y lágrimas, cambiamos el sudor por la conectividad. Esperamos que alguien allá afuera se sienta como nosotros y lo grite porque las buenas letras las olvidamos cantar. Mi hijo en su tiempo libre --que es escaso-- compone con su teclado todos los instrumentos y su música está inspirada en sus vivencias, como mis letra en mis reflexiones y experiencias. No esta lejos de mí y como también trabaja, también recibe su quincena, pero no le da para aportar a la casa, solo a sus propios gastos nada más. Para mí es más importante que estudie y por fin encontró la carrera que estaba buscando, después de tres intentos fallidos en la universidad.
La quincena, repito, no rinde para nada, sin embargo hay que estar agradecidos cuando se tiene porque el trabajo dignifica a pesar de cuánta sea la remuneración. Ahora es frecuente saltar de un puesto a otro y todos quieren ser emprendedores, lo cual es magnífico, pero eso les impide formarse y adquirir estabilidad y experiencia. Es como las relaciones, una vez se firma un papel, es sencillo romperlo. Parecemos no estar comprometidos con nada que nos cause más allá de la satisfacción inmediata.
Ya me desvié como es usual en mí, comencé hablando de la quincena y terminé hablando de las relaciones, quizás porque ninguna parece durar o permanecer. Todo llega y va, y soy de las personas que se resisten mucho al cambio. Sé que eso está mal. Que debo transformarme. Que debo volver a integrarme, buscar una tribu que me ampare más allá de mis circunstancias y no buscar la excusa de no me alcanza para lograr los objetivos que puedo proponerme.





