He vivido en el mismo barrio hace treinta y cinco años. He tomado el metro cinco veces y me he montado en un bus un par. Hace tres años me prohibieron conducir así que converso con los conductores de los Uber y de los Taxis --aunque mi hijo diga que no es seguro-- porque ellos constituyen parte de mi vida social. Mi gimnasio es el centro comercial. Desde que no puedo leer, estoy enfrascada en el aburrimiento de mi propia vida. Aunque tengo unas amigas preciosas con quienes me veo una vez al mes. Entretanto, la rutina me devora. La nostalgia también. Hoy descubrí un alacrán en mi sala y lo barrí y lo boté con el recogedor al jardín. Mi hermana me preguntó por el cadáver. No sabía que tenía que matarlo. Moví las plantas, lo encontré. Sin piedad le pegué dos chancletazos y su aguijón pareció moverse aún después. Me sentí infame, más insignificante que él. La ponzoña está en mis palabras, en no saber amar. Soy cruel después de todo. No hay prójimo, no sé quién soy ni cómo amarme. Mis cicatrices son tan purulentas que necesitan diván. Elegí vivir y no sé si fue la decisión correcta. A veces pinto en pastel y escribo textos surrealistas cómo Un edificio se levanta, se erige contra el viento en una mole de ladrillos sin luz en sus ventanas. Cerca hay un colegio con dos columpios y dos árboles graciosos como una cometa que mueven los pájaros.
A la velocidad de las nubes, todo corre o muy lento o muy rápido, como la vida misma.
domingo, 19 de octubre de 2025
Sin luz en las ventanas
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