Si he de estar contra la pared, que sea en Cuba. Que sea en Mayo y durante sus Romerías. Si he de estar contra la pared, que sea con tu mirada al frente retratándome en un instante para mi efímera eternidad. Que sea allí donde conocí a tan maravillosos poetas con Kiuder Yero Torres como anfitrión. Que sea en Cuba aunque no milite ni comprenda su revolución. Allí me sentí libre a pesar del duelo de mi madre que había fallecido cinco días antes. Yo era el muro, el dolor, la bala, la pared. Mi madre estaba cada vez que interpretaban
Bésame mucho y mis ojos se hacían una laguna que mi rimel acordonaba.
Cuba es color por eso no intervengo la fotografía. Guaímaro me trae recuerdos de su poeta Diusmel Machado --a quién me encantaría llamar colega o camarada-- quién después de mi ponencia sobre el libro digital y la poesía para Ediciones la luz, me regaló uno de sus libros como cortesía.
Mi libro era mi voz. Cielo de Cardomomo, su título.
CIELO DE CARDAMOMO
El escalofrío poco a poco se
va. Se va tu recuerdo tras de ti. Aunque antes, tu uno ochenta me abraza y me
sobrecoge. No pude imaginar mejor tu boca ni soñar con mayor precisión tus
manos. Estoy en el ojo de un huracán que no duerme. Dilato el saludo porque
quiero tu voz. He muerto dos miedos y tres angustias. Le he dicho al futuro que
no me intimidará. Es cierto, no soy una mujer del todo libre. Lo sabías desde
que miraste. Te lo dije desde que te hablé. Hubo fuego. Al diablo las palabras.
Abrázame otra vez que en ti no
siento mi mundo. Antes... antes de qué. Préstame tus ojos, tatúa tu mirada en
mí. Ven inventemos un cielo de cardamomo con un horizonte de percusión.
Vamos, trae tus lápices, aquel
atardecer en la Guajira donde decías que parecías empinarte para tocar
estrellas. Sí, llévame al cine, toma mi mano, cuéntame más del director, qué
otras películas, qué otros sueños, háblame de las actrices y de tu vocación.
Regálame tu silencio dorado,
tu sonrisa ingenua, tu lectura del amor. Ya, ya estoy lista. Dos estrellas
fugaces y nos vamos a la finca donde iba de niña. Comemos feijoas y guayabitas
y acariciamos el lomo de perros grandes. Y duermo contigo porque hasta ahora no
he dormido nunca, me han hecho falta tus brazos y el calor de tu cuerpo. Sigue
andando... déjame mirarte caminar, con ese leve tumbado, sin prisa, haciendo
girar los árboles hacia a ti. Contigo nunca es tarde, es siempre todavía.
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