Vale la pena decir que tu ausencia ya no duele, ya no implora, ya no lacera mi corazón. Es más bien una retórica de palabras que dicen: te conocí. También estás anclado a lugares, canciones, colores y frecuencias. Ya no molesta tu ausencia. La cama ya es sencilla en lugar de doble. Elijo que quiero ver en la televisión como cuando apagar la luz. Ya no siento tu respiración ni tu pecho es mi refugio. No hay conversaciones en voz baja ni oscuridad compartida. Existes vos, por encima de todo, existes vos en algún lugar de mi piel como recuerdo antiguo sin ser oxidado. Más bien corres como el agua y ya no te detienes en mí. Tu cauce mira a otras orillas y tu pecho es el refugio de alguien más. Tus besos se los llevó el viento así como tu signo zodiacal.
Pafraseo tu asuencia para justificar mi manera abrupta de terminar mi relación contigo, la injusticia de entonces que fue extraditarte de un día para otro, de mi corazón y de mi vida. Merecías mucho más que eso. Lo siento, aunque sea tarde mencionarlo.
A veces tu ausencia me hace añorar lo que antes llamabamos hogar, éramos tres y casi todo era alegría. No sé cuándo me convertí en este ser agrio y amargo. Sé que tu ausencia ya no duele porque el tiempo curó esa herida como cura todo lo demás. Sin embargo, sigues presente en nuestras vidas, para mí como una sombra compartida. El amor de entonces es la repulsión del ahora. Hablar de tu ausencia es hablar de la mía. Ya no estoy para ti, soy un mantra perdido en un silencio sin fin.

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