Solo vale la pena levantar la mirada si tú me llamas, si dices mi nombre, si mencionas mis faltas. Vale la pena levantar la mirada si el sol dice hola desde mi ventana. Si los gatos de mi camisa se salen para ronronear o mi almohada promete no contarle a nadie mis lágrimas
Levantar la mirada para escuchar el mundo, para describirlo, para soñarlo; porque no me gusta la oscuridad, para ella me bastan mis párpados.
Sí, vale la pena seguir lanzando dardos de palabras hacía un blanco colmado de errores y deseperanza. Sin algortimos. Sin búsquedas, sin fórmulas diferentes al latir de un corazón humano.
Vale la pena seguir con vida, que aunque no habite tu corazón tú permaneces en el mío, que mis párpados me dan toda la oscuridad que necesito y mis cortinas son translúcidas para que al menos llegue alguna luz a esta habitación con una sola ventana.
Vale la pena levantar mi mirada si existe la rota promesa de un regreso mañana. Si al despertar sé que te he soñado y tu vacío es solo una quimera en mí. ¿Hasta cuándo he de querer conjurar la distancia? Debería abrir los ojos de una vez y por todas para reconocer que nunca me viste.

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